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domingo, 9 de octubre de 2016

¿Por qué ese nombre?

Solo tres días de blog y ya he incumplido lo de escribir una página al día, todos los días. Ya os dije que la escritura para mi (o yo para la escritura) es veleidosa, inconstante, superflua. Total, que consejos vendo que para mí no tengo: a mi hijo (el mayor) le digo que escriba un poco todos los días pero yo no lo hago.

Hace un rato mi amiga Alicia (hola, Alicia) me ha preguntado que por qué ese título de blog. Mi amiga Alicia es que es muy de preguntar cosas, de no quedarse con la duda. Y así es de lista ella, que más que perdida en el País de las Maravillas lo que parece es que tiene metida una enciclopedia en la cabeza. Aunque esta Alicia mía es más la de “A través del espejo”, que pasito a pasito llegará a reina o a cualquier cosa que se proponga. Porque no para de preguntar y de aprender.

A lo que iba, que me ha preguntado por qué ese título de blog y se me ha ocurrido responderle varias cosas.

-Sonaba bien. Fue casi la primera frase que se me vino a la cabeza, y me sonó bien. No me lo negaréis, que tiene una sonoridad preciosa, evocadora, como de cuento… Una cursilada, vaya.

-Va de sueños. Al menos la primera entrada. De los sueños de mi hijo mayor por ser escritor o bibliotecario o probador de colchones… o las tres cosas a la vez. Y de los míos propios. Los que se sueñan y los que se viven.

-Nací en invierno. Y esas cosas marcan. Me gusta el frío. Sí, soy de esa especie rara de personas a las que nos gusta el invierno. Me gustan los abrigos, las botas, los sombreros y los guantes. Me agobia el calor. Lo paso fatal en verano, con esos sudores, esos agobios, esa gente que se va de vacaciones a sitios estupendos y dan envidia en Instagram… Así que no me pegaba nada ponerme un nombre tipo “Sueños de verano” o “Sueños de todo el año” porque no, porque a mí lo que me gusta es el invierno.

-Lo puse en Google y no me salió ningún blog que se llamase igual. Que ese tipo de cosas vienen a ser importantes para lo del SEO y tal, aunque aparte de mi amiga Alicia no creo que me lea nadie más. Pero lo puse en Google y solo me salió una peli que es “Sueño de invierno”, en singular, y lo mío es en plural porque yo puesta a soñar sueño mucho y variado.

Y como cumple cuatro requisitos así monos, y no se me ocurría ninguna otra frase cursi que ponerle de título al blog, así se ha quedado.


Pero pienso seguir soñando también en primavera y en otoño. En verano a lo mejor no tanto, porque me agobio. 

viernes, 7 de octubre de 2016

Sueños de invierno

Mi hijo mayor (11 años) quiere ser escritor. O bibliotecario. O probador de colchones. Se está planteando incluso ser las tres cosas a la vez: durante el día ir escribiendo en los ratos libres que le deje el atender la biblioteca, y por la noche probar el colchón que toque. Y de paso, leer todos los libros del mundo. Al menos todos los que tenga la biblioteca.

Le he dicho que para ser escritor tiene que escribir. Que si escribe una página al día, al cabo de un año tendrá 365 páginas (o 366 si es bisiesto) y eso es una novela de las gordas. Le he dado un cuaderno para que lo utilice a modo de diario. Quiero pensar que las grandes carreras de escritor empiezan así, con un diario de preadolescente. Aun no lo ha empezado. Espero que sea más constante con lo de probador de colchones.

Alguna vez, lo confieso, a su edad y más tarde, yo también he tenido ese deseo de ser escritora. Pero soy inconstante, superficial, veleidosa, y no puedo someterme a la rutina de escribir una página al día (al menos una) durante todos los días, durante un año. Algunos días me salen dos, algunos días cuatro, algunos días ninguna (bueno… lo compenso con las anteriores)… hasta que abandono. Nunca hubiera podido ser escritora porque la escritura para mi es ligera, etérea, sujeta a los caprichos de mi estado de ánimo. No puedo someterla a una rutina de escribir todos los días una página (al menos una).

Hubo una época en mi vida, en mi adolescencia, en mi adultez temprana (que a mí la adolescencia me duró hasta los 25) en la que escribí bastante. No una página al día. No todos los días. Escribía poesía, que es lo que escriben los adolescentes y los adultos recientes. Poesías arrebatadas, oscuras algunas, luminosas otras… alguna incluso salvable. Algunas fueron experimentos lingüísticos y estilísticos. Me atreví (loca, inconsciente, adolescente) con un par de sonetos. Escribía sin constancia, sin método, sin disciplina, cuando a las musas les apetecía visitarme. No una página al día. No todos los días.

Alguna vez, lo confieso, quise ser artista bohemia. No se me ocurrió lo de probadora de colchones, habría sido una opción interesante. Pero el arte no da de comer y la vida me llevó por otros derroteros. Me llevó a estudiar ciencias, que tampoco dan de comer, y a intentar trabajar en cosas que al menos llenan el plato y pagan facturas. Luego la poesía me abandonó, o yo a ella. Lo di todo en un momento y que casi me destruye, y perdí la fuerza, las ganas, los versos.

Ahora, de repente, tengo necesidad de escribir otra vez. No sé si una página al día (no creo). Seguramente no todos los días. Ya no poesía, porque la poesía queda reservada para los adolescentes y los adultos jóvenes. Pero sí tengo ganas de plasmar, como en un diario (como en ese diario que aun no ha empezado mi preadolescente) esas cosas que se me pasan por la cabeza y que yo quiero pensar que son las musas que me visitan.


De momento esta página es solo prosa. Quizá, algún día, recupere la poesía.